jueves, 29 de octubre de 2009

Cosas de la sangre...



sangre blood

(shhh no le digas a nadie, pero salió un texto en el blog literario Laboratorio Central que...)

(qué buenooo... shhh)

miércoles, 28 de octubre de 2009

Concubinando



concubinos roommates


Parece que las relaciones asimétricas de género han tocado a mi puerta una vez más - y esta vez, de la manera más literal.  Bueno, en realidad esta vez no tocan a la puerta, porque tienen llave.
En casa se ha instaurado la práctica con mi roommate de llamarnos mutuamente "concubino" y "concubina": concu esto, concu lo otro, y nunca nos detuvimos a pensar si teníamos *algún* aval de la lengua española para hacerlo.
Pero un día vine a enterarme de que la relación de concubinato es genéricamente asimétrica: esto es, se puede ser concubina, pero no concubino.  Y no me refiero simplemente a que el masculino y el femenino de un mismo concepto sean diferentes.  Me explico:
CONCUBINA es aquella mujer que es recibida en la casa de un hombre, y habita en ella.
CONCUBINARIO es aquél hombre que tiene concubina (es decir, aquél hombre que recibe a una mujer en su casa).
De todo ello se desprende que, en rigor, CONCUBINO es una categoría inexistente. 
De hecho, quien consulte el diccionario de la Real Academia Española, se encontrará con que la palabra "concubino" es admitida en la búsqueda, pero reenvía a su femenino:
CONCUBINA: (Del lat. concubina). 1. f. Mujer que vive en concubinato.
Esto significa que nuestro lenguaje mismo considera que la casa es del hombre, y la mujer ingresa en ella para constituir la relación de concubinato.  No está previsto que una mujer pueda tener una casa propia (bah, tampoco vamos a hacernos los guapos: propia o alquilada) y recibir en ella a un hombre.  De hecho, la idea misma de "concubina" parecería tener en otros países hispanohablantes (si no en este) una connotación claramente negativa, cuando consideramos que su entrada en algún diccionario me comenta que "concubina también aparece en estas entradas: barragana - coima - daifa - mancebo - mina".  Todas palabras que (al menos en mi cosmos) suenan muy mal.
Sí sí, ya les escucho objetar "ah pero tiene que ver con una antigua costumbre y un orden social en extinción; al lenguaje le lleva un tiempo ponerse al día...".  Y ante esto me pregunto: ¿por qué pueden los diccionarios incorporar nociones tecnológicas y científicas tan rápidamente, neologismos, anglicismos (¡¡por no mencionar aberraciones del lenguaje tales como "manises"!!), y no una práctica cotidiana firmemente instaurada desde hace ya décadas?
No es poca cosa (y perdón si me pongo un poco filosóficx acá), si consideramos la fundamental incidencia que tienen los discursos sobre la identidad personal y grupal.  Justamente por estos días andaba leyendo (a eso dedico mis horas) que "To have a social identity, to be a woman or a man, for example, is just to live and to act under a set of descriptions (...) drawn from the fund of interpretive possibilities available to agents in specific societies"(*).  Si la descripción no está disponible en la sociedad, la identidad difícilmente se realice (o bien: se realizará con dificultad).


Sin embargo, no quisiera terminar esta inverosímil entrada con un mensaje de pesimismo y desesperanza.  Que se sepa que a partir de la vigésimo tercera edición de la RAE, estos términos han sido enmendados, y figuran de la siguiente manera:
CONCUBINO, NA: (Del lat. concubina). 1. m. y f. Persona que vive en concubinato.
Quizás las cosas estén cambiando.  O quizás no.  Lo que sé es que, al menos en casa, vamos a poder seguir llamándonos "concu" sin temor de que la policía lexicográfica venga a por nosotros.

(*) Nancy Fraser, Justice Interruptus, p. 152.

miércoles, 21 de octubre de 2009

La Vida Misma: Teoría y Práctica



(acerca de la distancia entre la teoría que defendemos, y la práctica que ejercemos.  un breve catálogo.)

*Añorás vivir en un mundo cosmopolita, en el que diversas identidades se crucen y enriquezcan, dando cada una su aporte a una sociedad pluralista y multicultural.  Y sin embargo, cuando vas al supermercado y la cajera no te entiende nada, te fastidia sobremanera (y sí: en parte pensás que lo hace a propósito).


*Te apasiona estudiar, leer y profundizar tus conocimientos teóricos; quizás hasta elegiste el camino de la academia y vivís de eso. Y sin embargo, cuando paseás por el barrio y ves a la tercera edad local descansando en el zaguán, o jugando al ajedrez en el parque, o manguereando los malvones, los envidiás más que a Foucault mismo (?).


*Argumentás ante quien quiera escucharlo, que los estados nación fueron un violento proyecto de principios de siglo, exitosos sólo a costas de una turbia homogeneización y exclusión de lo diferente.  Y sin embargo, cuando un deportista o equipo de tu país triunfa en el extranjero, decís con orgullo y alivio: "ganamos".


*Sostenés que las sexualidades, los roles de género y los encasillamientos del deseo son construcciones sociales; defendés una idea de sexualidad como práctica performativa personal e inclasificable.  Y sin embargo, cuando te gusta una chica emprendés una maratónica campaña para averiguar si es torta o no.

(Después de todo, quizás - sólo quizás - con todo esto, tanta posmodernidad deconstructiva termine por confirmarse: no somos más que una contradicción andante)

martes, 13 de octubre de 2009

Reflexiones musicales



Tuve un fin de semana muy musical, y en su transcurso decantaron dos conclusiones que quisiera compartir aquí:

UNO: No estoy de acuerdo con el 90% de los fans y la "crítica especializada" (?) en que OK Computer es el mejor disco de Radiohead.  (No sé cuál sería, pero ese no). He dicho.

DOS: El problema de Abbey Road, es que cuando termina no se puede poner ningún otro cd.  Nada va a estar a la altura.  Pensé que lo único que quizás podría seguirle serían los sonidos de la naturaleza: pajaritos, olas, hojas de árboles, etc.  Pero definitivamente no los ruidos de la ciudad, ni ningún CD del que yo tenga conocimiento.  Tal vez haya que escucharlo solamente al final del día, cuando ya nos vamos a dormir; pero a la vez, creo que es un disco bastante matinal.


Y ya que estamos pentagramando la cosa, agrego que mientras escribo esto escucho el CompiSueco que compartieron las chicas de Alegría Sueca en su blog.  (Alegría Sueca es un programa de radio virtual que sale los jueves por la noche en Una Radio; lo conducen tres chicas que, además de ser muy simpáticas, pasan música bonita y cándida).  Pasen, bájenlo y escuchen, amenizará vuestra semana :)


sábado, 10 de octubre de 2009

Corazón de sandía


.

bodega de sandias


Cuando yo era peque, llegaba el verano y empezábamos a consumir sandía en cantidades industriales.  Cada vez que llegaba alguien de hacer las compras y traía una, la tirábamos en la pileta, y ahí se quedaba flotando hasta que la pescábamos con la red esa de sacar las hojas.  La poníamos en una bandeja grande, la cortábamos en gajos, y a comer.  Lo bueno de comer sandía en un jardín (o al menos en el mío), era que se podía chorrear todo y escupir las semillas en el pasto sin temor de ser mal visto.
Nunca me pregunté por qué poníamos la sandía en la pileta, simplemente era algo que se hacía.  Como cuando uno va a pasar por un lugar bajito, y agacha la cabeza: llega la sandía, y la tirás en la pileta.
Tampoco me pregunté nunca qué haría la gente que no tenía pileta.  Yo tenía, mi prima que vivía enfrente también, y supongo que a eso se limitaba mi horizonte de mundo.
Una vez, ya pasada la adolescencia, me invitaron a pasar unos días en una quinta cerca de La Plata.  Hacía mucho calor, y en algún momento de la estadía alguien agarró el auto y volvió con, entre otras cosas, una sandía.  Ayudé a bajar las compras del auto, y por supuesto apenas detecté la presencia sandial, dije "la llevo a la pileta", como quien dice "retiro los platos" (buena voluntad de quien quiere quedar bien con la familia anfitriona).  Nadie entendió demasiado bien, pero tampoco me contradijeron: fui hasta la pileta, y la tiré.  Más tarde llegó la hora del postre, y fui a pescarla.  Me preguntaron por qué la había llevado allá por empezar, y no supe qué contestar.  ¿Por qué puse la sandía en la pileta? ¡Qué se yo! ¿Por qué ponés el aceite abajo de la mesada? ¿Por qué guardás las valijas en el placard? ¿Por qué las velas arriba de la heladera?  Son cosas que simplemente se hacen así
Durante años lo había hecho sin preguntarme el motivo.  Supongo que estando en Buenos Aires, nunca había comprado sandía entera (difícil de liquidar, cuando ya no se tiene una familia gigante) (aunque sobre todo creo que me incomodaba eso de no tener el pasto que permita libertad de enchastre).
Ante ese cuestionamiento, reconstruí la historia e imaginé que habría sido un recurso de padres hartos, para entretener a su prole necesitada de estímulo.  Tirar la sandía, hacerla rodar, usarla de flotador, pescarla después, era todo una treta para mantenernos ocupados de manera sana y económica.  La explicación cerraba por todos lados, y la tomé como verdadera.


Hasta que tiempo después, estando en el departamento de no sé quién, alguien llegó con una sandía entera.  Yo no sabía qué hacer (nuevamente, se jugaba mi buena voluntad de huésped, pero era un departamento sin pileta ¿?).  Mi desazón era total.  Mi estado de desorientación se vio interrumpido poco después, cuando algún porteño expeditivo que compartía la velada  tomó la sandía y - luego de un monumental reacomodamiento de  contenidos, estantes y divisores - la puso en la heladera .

¡¡¡¡¡¡¡¡Aaaaaaaaaaaaaaaaahhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhh boloooooooooooooo!!!!!!!!
Ese día entendí: poníamos la sandía en la pileta, para que mantuviera el frío.

{moralejas: 
1) la infancia es divertida hasta que empezás a entenderla. 
2) aprender a vivir en la ciudad lleva mucho tiempo}



miércoles, 7 de octubre de 2009

Eufemismos


De repente me puse a imaginar cómo serían las cosas si aplicáramos a todas las profesiones, el típico eufemismo que usamos para "la chica que trabaja en casa" (aka "la chica que me ayuda en casa", "la chica que viene a limpiar cada quince días", y así).  
La técnica consiste básicamente en a) individuar a la persona de acuerdo con su edad (aprox) y género: la chica, el chico, la señora, el señor; y b) describir brevemente las tareas en que consiste su ocupación.
Imaginé que quedaría algo más o menos así: 


Hoy a la mañana me quedé dormido, y a partir de ese momento todo empezó a salir mal.  Prendí la radio y el señor que anuncia las canciones y lee las noticias dijo que el subte estaba en paro: tuve que tomarme un taxi.  El señor que maneja el auto obviamente estaba escuchando Radio 10 y no dejó de insultar ni un segundo a los señores que no tienen trabajo y cortan las calles, los señores que manejan colectivos y las personas que trabajan en puestos jerárquicos de los poderes ejecutivo, legislativo y judicial.
Llegué al trabajo y la chica que me sigue la agenda, organiza la correspondencia y toma los llamados me informó con mucho pesar que ese era su último día de trabajo, dado que se iba a vivir a China mañana mismo.  Tuve que llamar a la señora que trabaja en mi oficina reclutando y administrando personal para que consiguiera urgentemente otra chica que me siga la agenda, organice la correspondencia y tome los llamados; me dijo que estaba complicado el tema porque la señora que lleva las cuentas de la empresa también estaba buscando una, y ella tenía prioridad.
Como si esto fuera poco, al mediodía llamé al bar para pedir mi sanguiche de almuerzo, y el chico que maneja una moto llevando los pedidos de comida me trajo por equivocación uno con pepino; cuando me di cuenta era demasiado tarde y tuve que salir corriendo al hospital, porque soy alérgico.  La señora que atiende pacientes, esboza diagnósticos y receta medicación me revisó, y se preocupó.  Primero consultó con la señora que aplica inyecciones, toma la presión y cuida a los pacientes mientras no hay una persona que atiende pacientes, esboza diagnósticos y receta medicación; ésta le dijo que no tenía idea y que consultase con otra señora que atiende pacientes, esboza diagnósticos y receta medicación, parece que esta era una que se dedica específicamente a casos de alergia.  Mientras tanto, mi esófago se comprimía como un tubo de pasta de dientes.  Luego de infinitas interconsultas, decidieron darme cinco inyecciones y mandarme a mi casa.
Bueno, fue un día de furia, pero al menos no me morí.  Odio a las personas que se dedican a preparar gente que falleció, encerrarlos en ataúdes y enterrarlos.  Ni muerto quiero verlos a esos.

lunes, 5 de octubre de 2009

Alta Voz

Nadie puede negar que el altavoz de los celulares es el peor invento ever: otro ejemplo de la inteligencia y la ciencia aplicadas al mal.  Todo empezó con los nextel y esas conversaciones enteras que tuvimos que escuchar a nuestro pesar.  Si en algún momento lográbamos apartar nuestra atención del diálogo ajeno (quizás mediante la aplicación de ejercicios de meditación o programación neurolingüística), ésta era nuevamente movilizada, ya sea debido al alto volumen del aparatejo (obligado por la baja calidad de transmisión) o al llamativo PPRRIIIPP que coronaba cada frase.
Pero eso no fue suficiente; tuvieron que ir por más. (Y con "tuvieron" me refiero, por supuesto, a gente de la calaña de The Axis of Evil, o quizás Kaos).  Ahora no sólo tengo que escuchar las conversaciones: también tengo que escuchar la música.
No nos confundamos: no estamos hablando de buena música o mala música.  Me da lo mismo si es reguetón, electrónica o bossa nova: no me interesa escuchar música ajena, en baja calidad, en un medio de transporte público.
Pero tampoco quiero hacer un post indignado (aunque hasta ahora me vino saliendo bastante bien).  Lo que quiero es que alguien me ayude a pensar si realmente tenemos algún tipo de sustento para reclamarle a las personas portadoras de altavoz, que lo apaguen.  Obviamente esto viene a que ayer me encontré en una situación de este tipo en el colectivo; era un viaje largo y estuve a punto de pedirles amablemente a los muchachos que lo apagaran.  Pero, hélas, no encontré ningún buen argumento (bueno "filosóficamente", quiero decir).  En realidad, con el mismo derecho alguien podría pedirme que deje de conversar con mi acompañante, o simplemente que deje de estar ahí.  Se trata del viejo truco del uso del espacio público (y no, no es como el cigarrillo: no es perjudicial para mi salud - aunque, entre nos, creo que ciertas músicas sí lo son).
¿Se puede reclamar con sustento a una persona que apague su altavoz? ¿Es posible hacerlo yendo algo más allá del "me molesta tu música"? ¿Tengo derecho a un viaje no musicalizado? 
¿O deberé comprar adaptadores miniplug al por mayor y repartirlos gratis, para que la gente pueda compartir su música, pero usando auriculares?

viernes, 2 de octubre de 2009

Acerca del Deseo (o: Acerca de estar lejos del Deseo)


When there is no Desire,
All things are at peace
Tao Te Ching, c. XXXVII

Suprimir el deseo parecería ser uno de los principios básicos de la filosofía budista, y de varias corrientes dentro de la filosofía oriental:  
Siendo libres del deseo, se contemplan las maravillas (los misterios)./ Siendo prisioneros del deseo, se contemplan sus manifestaciones.  Tal el inicio del Tao Te Ching.
Toda vida es sufrimiento.  La raíz del sufrimiento está en el deseo.  Para suprimir el sufrimiento, hay que suprimir el deseo.  Para suprimir el deseo, hay que seguir los ocho aspectos del sendero.  Tales las llamadas “cuatro grandes verdades” del budismo.  




Casi a diario me encuentro pensando en estas verdades y en la supresión del deseo.  Muchas veces también me encuentro argumentando ante quienes – en parte con razón, creo – sostienen que este tipo de filosofías no son ni posibles, ni deseables para personas “racionales”, “occidentales”, “modernas” como nosotrxs.  Y sin embargo... nuevamente voy a caer en el pozo, y lo que me levanta es el Tao.  Algo debe tener.
Las filosofías orientales de este tipo parecerían ser imposibles para occidente porque nuestro marco mental es radicalmente otro.  En esto quizás esté de acuerdo; es cierto que hay milenios de cultura que nos pesan y nos atraviesan de maneras que ni siquiera podemos calcular.  Sin embargo, no creo que esto nos anule por completo el acceso a “Oriente”.  Simplemente, se toma lo que sirve, cuando sirve, y de la manera en que cada quien puede.  Al fin y al cabo, incluso cuando nos apropiamos de filosofías o religiones “occidentales”, lo hacemos desde la propia perspectiva, y por más que sea más cercana, no deja de ser siempre otra
Hay quienes dicen que – posible o no – no es esta una filosofía que debamos anhelar como guía para nuestra vida.  El deseo, alegan, es algo así como “el motor de la vida” (por no decir, ¡ay! El motor del progreso): sin deseo, sin aspiraciones de crecimiento o de cambio, no tardaríamos en caer en la inmovilidad y la más pasiva languidez.  Con esto no estoy de acuerdo.  Lo que plantea el budismo (al igual que el tao) es una vía media.  No se suprime el deseo al punto de “no querer nada”, no fantasear, no imaginar cómo nos gustaría que sea nuestro futuro (y nuestro presente).  Lo que se intenta, es que el estado de felicidad no esté atado al éxito o no de esa aspiración.  O más bien – y esto queda aún más en evidencia en las enseñanzas del Tao – que lleguemos a entender que cualquier derivación de los hechos, será un éxito de alguna manera – si bien quizás no evidente y directamente relacionada con nuestro deseo explícito. 
El punto es, como siempre, dónde ponemos la libido, y cuánto nos atamos a ella.  Si la libido pesa demasiado, y cae al agua, se hunde y se hace cada vez más dificultoso emerger.  Hay que alivianar la carga, y asumir que no siempre caerá en tierra firme.
Ese es, a mi entender, el punto fundamental: no dejar de querer cosas, pero sí dejar de frustrarse cuando las cosas no suceden tal como las habíamos imaginado.  Habrá quienes piensen que todo sucede por un motivo; a aquellxs más más agnósticxs nos resultará más accesible pensar que, simplemente, hay que aprender de todo.  Quizás se trate de aceptar que el tiempo no puede volverse atrás, por más que unx se lamente y llore y patalee, y que por lo tanto la mejor inversión de energía está no en la autocomplacencia sobre un deseo frustrado, sino en un intento de comprender el presente, y pensar el futuro como un horizonte infinito de posibilidades que – también ellas, cada una a su manera – van a ser un buen día.