domingo, 27 de diciembre de 2009

Cómo conseguir chicas


Un día me enteré de que existía tal cosa como una piedra del amor.  Nada demasiado complejo (y a la vez, tan): una pequeña piedrita de un mineral rosa-fucsia (*), de formas redondeadas, que atrae el amor hacia quien la porta.  La piedra no puede auto-regalarse; tiene que ser dada por otra persona, que la elegirá especialmente para su destinatario/a.  La idea es llevarla encima en aquellas oportunidades en las que el amor podría presentarse (fiestas, boliches, trabajo, lavadero, supermercado... dependiendo de la rutina de cada quién, supongo), y dejar que surta sus efectos.
Pues bien: eran tiempos desérticos, y me agencié una piedrita.  A partir de ese momento...



Caminaba por la calle y la gente me decía cosas.  Los perros querían jugar conmigo; los gatos se subían a mi regazo.  En la radio me dedicaban temas de Axel y Ricardo Arjona.  De repente, tuve que empezar a elegir más detenidamente los lugares a los que iba: ahora me perseguían.  Iba a ver una banda, y lxs músicxs eran mis fans, mis groupies, mis art bitches. 
A la vez, cada día gastaba menos en comida.  El señor de Mister Queso me regalaba el reggianito con mi compra de porsalut; la chola de la esquina me cubría de ajíes picantes, papines altiplanescos y granos de quinoa cada vez que yo, al pasar, le decía buen día.  En el chino, cajeras, repositores, administradores y hasta el que se sienta en la puerta sobre un cajón de cerveza, me regalaban todo tipo de productos bajo la inverosímil excusa de promociones inexistentes y nuevos lanzamientos de fábrica.  El barrio se disputaba a quien antes ni siquiera notaba.
Evento social al que iba, evento en el que se me acercaban todo tipo de personas en busca de (quizás) conversación.  Dadas mis nulas habilidades para el small talk, terminaba siendo yo quien escuchaba sus historias: quien acababa de llegar de un viaje iniciático por el Tibet, sólo para darse cuenta de que lo que debía hacer era buscar el verdadero amor en su propia tierra; quien se había separado y, ya con cuatro hijos en su haber, sentía el impulso de recorrer Latinoamérica con una nueva compañía; quienes aburridos de la rutina estaban considerando el poliamor; quien sin prisa ni pausa me invitaba a dar vuelta en moto (e incluso prometía un casco suficientemente gigante como para albergar mi cabeza); quien ponía como única condición para una vida de alegrías compartidas, que yo pudiera soportar a sus cinco gatos.  Todas esas historias escuché, noche tras noche, tras madrugada, día, tarde, mientras mi cabeza asentía y mi mente paseaba por todas partes, menos por ahí.
La piedra me consiguió una planta de lavanda, una deliciosa cena peruana, un perro labrador de pelo largo, una primera edición de Adán Buenosayres, una tarjeta de memoria para mi cámara, un paseo en yate por el Delta, un pase libre al backstage de algún que otro festival, una clase teórico-práctica de paracaidismo, y un sinfín de cosas más que quedaron guardadas en algún cajón, físico o mental.
Pero a medida que los cajones se fueron llenando, me empecé a cansar de llevarlos encima: a la piedra, y a todo lo que venía con ella.  No sé muy bien por qué, pero dejé de cargarla.  Creo que, aún conservando su misma forma y tamaño, la piedrita se fue haciendo cada vez más pesada.  Un domingo a la tarde decidí guardarla bien en el fondo de todos esos cajones, y no la saqué nunca más.


Y hoy... es cierto que volví a pagar el reggianito, pero al menos mi mente está más despejada, y mi espalda carga menos peso.


(*) siempre quise tener la oportunidad de escribir el nombre de este color,
para poder deletrearlo así y no con equis.

jueves, 3 de diciembre de 2009

A cada quien su Merecido Canapé

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canapé
Permítaseme explicar una vez más La Teoría del Canapé.  Pero antes quisiera  aclarar que no se trata de una idea de mi autoría, sino más bien de la brillante creación de una Persona Maravillosa, quien seguramente se avergonzaría de ser nombrada en público (¿a partir de cuántas entradas semanales un Blog pasará a ser “público”?).  Mi tarea es solamente la de Difundir la Buena Nueva, y guiar a las personas en el Camino del Canapé, que os iluminará y os hará felices (*).

El tema es así:
Cuando vamos a una fiesta, vernissage o evento elegante, generalmente nos encontramos con camarerxs que se pasean con diversas bandejas de canapés.  Éstos pueden ser pequeños, grandes, lujosos, simples, vegetarianos, cárnicos, sabrosos, insulsos.  Pero hay una regla con la que casi seguramente cumplirán: de entre ellos, siempre habrá alguno que no haya sido beneficiado con la habilidad repostera que ostentan sus hermanos y primos con quienes comparte la bandeja.  Ya sea porque tienen menos relleno, o porque éste se desbordó de los límites aprobados por las Normas ISO 9001 de elegancia, o porque representan esos gustos poco populares que nadie elige... De algún modo u otro, no han sido beneficiados.  

Existe un cierto tipo de persona, que sistemáticamente elige el canapé deteriorado – y no precisamente por cuestiones de discriminación positiva, o para que el pobrecito no se sienta tan abandonado.  Si estas personas eligen el canapé venido a menos, es porque consideran mejor dejar los canapés superiores para el resto de las personas que asisten al evento: “porque total a mí no me molesta llevarme este”, “porque pobre el cocinero, se va a deslucir si la gente ve estos canapés chamuscados”, “porque la gente está acostumbrada a comer canapés prolijos, para qué dejarles los otros”, y demás motivos auto-justificatorios.

Ahora bien, lo que la Escuela del Canapé propone, es emprender – ante los primeros síntomas de Rechazo del Buen Canapé – una intensa tarea de recuperación, para poder así Aceptar el Buen Canapé como lo hace el resto de las personas.  El primer – y fundamental – paso para efectivizar este cambio, es afirmarse, repetirse, rezarse, mantra-arse, tatuarse, etcétera, la sencilla y reveladora frase:

* YO TAMBIÉN MEREZCO EL MEJOR CANAPÉ *

Es importante destacar, finalmente, que la Teoría del Canapé puede ser aplicada a situaciones de la más diversa índole.  Baste con citar algunos pocos ejemplos:
-En medios de transporte público, aulas de la facultad, bancos de plaza, y demás lugares en los que se disputan asientos: si la otra persona tiene aproximadamente nuestra misma edad, condición física y portación de petates, tenemos derecho a sentarnos sin culpa;
-Cuando queda sólo un Último Ejemplar de un objeto preciado (notamment: el último vaso de fernet, el último ejemplar en stock de un libro usado, etcétera);
-En materia de relaciones sentimentales: es fundamental comprender que unx siempre merece lo mejor (y creo que esa es la primera vez que uso el subrayado en este blog; ciertamente lo amerita);
-Efectivamente, cuando se trata de elegir un canapé.

En estos y otros casos: aplique la Teoría del Canapé, y verá cómo su vida mejora notablemente.

(*) Posta.