martes, 20 de abril de 2010

Relaciones Internacionales


El otro día lo conocí al Primer Ministro de Vietnam, paseando a un par de cuadras de mi casa.
Era bajito, y tenía cara de buena onda.
Me hubiese gustado tener algo interesante para comentarle.


lunes, 5 de abril de 2010

140


 Iba a escribir una entrada extensa y argumentada criticando el fenómeno Twitter y sus derivados; hace rato que la venía pensando
Hasta que hablé con Adverbio, que me explicó su punto de vista mientras la arena se metía en nuestras orejas (ojeras no teníamos, pois estávamos de férias).  
Y me pareció bastante bien.  
Quizás algún día escriba la entrada igual; por ahora me deleito con la obra de Adverbio, cruce de haiku y polaroid.
 

Los golpes

.

Habíamos pasado cuatro días en un aislamiento casi total respecto del mundo de los eventos, alternando eternos desayunos de charlas inconducentes, con tardes horizontales al son del mar, y noches de risas, música y timba.  Los únicos seres vivos con los que teníamos contacto eran dos perros (uno brillante y más extrovertido, el otro más tímido pero creemos que igual o más inteligente), una panadera teñida de rubio, y algún que otro berberecho que burbujeaba cuando se retiraban las olas frías.  
"Podría caer una bomba atómica del otro lado del mundo, y nunca nos enteraríamos", es una expresión a la que suelo recurrir en estos casos. 
No cayó una bomba atómica.  Pero en el camino de vuelta escuchamos, desde una radio colgada en alguna terminal perdida en la ruta, palabras entrecortadas relacionadas con un golpe en Buenos Aires.  Las preguntas se apuraron, las respuestas se confundieron pero de alguna manera lograron converger en: "hubo un golpe de estado".  Un golpe de estado.  Hubiésemos querido que las respuestas fueran menos confusas, o que al menos se hubieran confundido en otra dirección.  Pero era un golpe.  Los pensamientos que se cruzaron fueron infinitos, desde la imagen de lxs amigxs que habían quedado allá, hasta intentar hacer memoria de qué libros habían quedado a la vista en nuestras casas, hasta pensar qué se hace ahora en estos casos.  (novato en estas cuestiones era el grupo en el que nos habíamos evadido estos días, gracias a dios, y al ángel de la historia).
Ante cualquier hueco que la escasa información iba dejando, trazábamos hipótesis para llenarlo: que dónde podría haber sucedido, que quién podría haberlo hecho, que qué podrían estar exigiendo.  A la vez, por alguna ecuación extraña pero frecuente, a medida que los kilómetros se acercaban, la información se tornaba más detallada y precisa.  Ya en Buenos Aires, las cosas se fueron aclarando (dentro de lo que pueden aclararse, en situaciones como ésta), y entendimos que había en efecto habido un golpe, pero era en un par de provincias del noroeste argentino, donde en el transcurso de la tarde-noche sendos grupos militares habían tomado el cargo de la gobernación provincial.  
Claro que todo parecía indicar que la tendencia se iba a ir extendiendo hacia otras provincias, hasta eventualmente llegar al gobierno de la Nación.   Todos estos años tranquilizándonos, racionalizando, pensando que el orden mundial actual no requiere de golpes de estado para mantenerse en pie, que ahora hay otros problemas, pero ese no.  Y de repente, cuando menos nos lo esperamos, esas imágenes vuelven a aparecer, renovadas por una tecnología que evidentemente, ante estos casos no sirve para nada.  
Pero todo parecía indicar también (las caras que no podíamos evitar, indicaban) que de alguna manera esta modificación del panorama nos había tranquilizado a todxs, ya que los eventos nefastos de la jornada se circunscribían a esas provincias lejanas, tan lejanas que quizás ni sepamos el nombre de sus (depuestos) gobernadores.  Qué tranquilidad: es lejos.  Qué tranquilidad: en mi casa justo ahora no tengo nada que me comprometa.  Qué tranquilidad: de última nos tomamos el micro de vuelta, y nos sumergimos nuevamente en medio de las dunas, hasta que todo pase (nosotrxsquepodemos, pero eso no se dice, por innecesario y ostentoso).

Cuando me desperté de este sueño semi-pesadillesco, en la butaca del micro que me traía de regreso desde la playa, la felicidad de pensar que seguimos en democracia no duró mucho, opacada por el miedo y la vergüenza (colectiva - porque si existe la vergüenza ajena, debería también existir la colectiva) de que en realidad, si sucediera lejos tampoco nos importaría demasiado, y eventualmente nos acostumbraríamos, así como nos acostumbramos en la playa a que todo esté lleno de arena, todo el tiempo.


(la foto es de aquí, sobre una idea de Playmobxx)