jueves, 25 de noviembre de 2010

Acerca de una foto

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¿Y vos qué ves?
Yo veo una calesita iluminada, radiante aún en lo más oscuro de la noche, un portal veinticuatro horas a instantes infinitamente felices, de esos imposibles de recrear o describir (de esos en los que te mirás desde afuera, ves esa alegría que te transforma la cara, y decís: quisiera que esto no se termine nunca). Veo montones de sonrisas, una irrefrenable urgencia de los niños por abstraerse de todo y entrar en la fantasía más grandiosa (veo a las once de la noche, una familia que pasa por ahí luego de cenar, y un niño que pide pide y pide subir a la calesita, ¡no importa que sea tarde, mirá está toda andando!). Veo uno de los últimos resabios del pasado glorioso de una ciudad icónica, que supo albergar familias pasando dos meses de vacaciones, con innumerables cannolis, islas Manolo y calesitas en la plaza. (Imagino un señor que se encarga de mantener cada uno de esos detalles como si la calesita fuese suya; uno que todas las mañanas se ocupa de lustrar hasta el último rulo del último caballo del último piso de su calesita).  Veo una decoración que no pierde ningún detalle, porque nada debería ser poco cuando se trata de lxs niñxs: hagamos que la fantasía sea completa, las imaginaciones naveguen a caballo y se transporten en ese mundo que es de dos pisos pero parece infinito, como la infancia.
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Y vos… ¿vos qué ves?
Yo no… yo veo una calesita en llamas, veo el ardor de lo que se quiere olvidar, pero nunca accede a irse del todo. Veo la dificultad de explicar una y otra vez que sí, fue una infancia, pero no, no fue feliz. Veo el desocultamiento (siempre parcial) de lo perverso, lo que no se puede decir porque no existen palabras, o no se las acepta; el otro lado de lo que debería ser más lindo, más redondo, más inocente. La imposibilidad de salir de una calesita que gira y gira pero nunca llega a ningún lado: podemos dar veinte vueltas, treinta, mil millones, pero siempre vamos a estar en ese mismo lugar, y el caballito sobre el que estamos siempre va a seguir teniendo ese gesto insoportable de estar ya ya saliendo hacia un lugar mejor, que nunca llega. Una calesita en llamas quizás porque decidimos prenderla fuego, para terminar con ese círculo que nos ahoga. O tal vez una calesita en llamas porque la historia ha tomado venganza, sobre ese derroche nefasto en el que cada lamparita brilla impávida mientras a pocos metros ayer se llevaban a alguno, y hoy otro duerme en un banco de la plaza. Como sea, veo una paradoja, una ironía, la sonrisa sarcásticamente iluminada de una realidad paralela, que puede sonreírse, puede seguir girando porque no se hace cargo de lo que tiene debajo, detrás y en todas partes.
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2 comentarios:

  1. Se aplica a las calesitas y a tantas otras cosas. Siempre me gustaron y últimamente estoy pensando mucho en las Vueltas al Mundo (no sé si se llaman así en todas partes). Llegás al punto máximo y lo que te queda es una pendiente que te queda para volver a elevarte hacia el punto máximo y volver a bajar por la pendiente y así en un derrotero idiota. O estirar el cuello para ver antes de llegar, observar cómo las cosas y los árboles y la gente desaparecen mientras vos te elevás majestuosamente y los demás se hacen minúsculas hormiguitas bajo tu silla.
    El punto es -me fui al demonio- que me gustan las calesitas, las vueltas al mundo; que me gusta tu foto y que me disparaste varias ideas. Y es por esto que la mayoría de las veces tildo "me gusta pero me da vergüenza comentar".
    Un saludo.

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  2. ¡Gracias Frestón! En realidad, el tag "me gusta pero me da vergüenza comentar" nació porque una amiga me confesó que esa era su reacción ante mi blog cada vez que entraba. Creé el tag para ella, pero parece que luego se fue haciendo bastante popular...
    Nunca subí a una vuelta al mundo pero sindudamente causarán la misma sensación a la vez de agrado, y de ahogo por sentirse en una especie de cinta de moebius disneylándica. Pero lo más importante: me hace sumamente feliz disparar ideas :)
    ¡Saludos!

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