lunes, 8 de noviembre de 2010

La alegría es otra cosa

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Hace unos días, discutíamos con algunxs colegas intentando comprender esto de que ante el fallecimiento de NK cierta gente festejó y declaró sentir algo que describían como "alegría".  Yo confesé que me costaba entender cómo la alegría podía relacionarse con una muerte, sea de quien sea.  Y esto, no porque me parezca que la vida es sagrada, o que al morir alguien se convierta automáticamente en intocable.  Tampoco porque venerase particularmente la figura de nuestro ex presidente.  Mi afirmación pasaba por otro lado, y hoy resurge con la muerte de una de las figuras más nefastas y perversas que conoció la historia argentina: Emilio Massera. 
De hecho, en algún momento de la conversación alguien desafió: "¿Cómo que una muerte no puede causar alegría? Cuando muera Videla, ¿no nos vamos a alegrar?".  Mi respuesta vuelve hoy (si se me permite parafrasear): no, la alegría es otra cosa.
Alegría, en estos casos, sería lo que sentiríamos si el equilibrio se reinstaurase, si lo que era injusto dejase de serlo, si fuera compensado de la mejor manera posible - que en casos como este, por otra parte, nunca será suficiente.  La hybris de un monstruo desarma nuestro esquema de lo comprensible, y hasta que no llegue su nemesis, no hay nada para festejar.
¿Pero y si la hybris no se paga nunca?
No me hace feliz que haya muerto Massera, porque se fue sin haber pagado ninguna de sus culpas.  Porque no me cabe ninguna duda de que su conciencia estaba tranquila, y la llevaba seguramente no como un peso, sino como un orgullo.  No me alegra, porque cuando una persona fallece, su imagen se congela y comienzan a salir a flote desde lo más hondo de las cloacas, todo tipo de relatos que eligen olvidar o justificar lo inaceptable. 
No puedo sentir alegría sabiendo que en vida no tuvo el castigo que merecía.  Al menos nos aseguraremos de que tras su muerte, nuestra memoria sea su castigo.
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3 comentarios:

  1. No es alegría, ni es equilibrio. Sobre todo, no es equilibrio. Uno desearía una vida larga, muchos años de prisión a pan y agua en el castillo de If, y si vamos a desear, regresar en el tiempo y evitar ciertos horrores. Una compensación cósmica que no va a ocurrir, digamos. Estos sujetos siempre morirán demasiado jóvenes, demasiado sanos y con demasiada piedad de parte de la naturaleza.
    Un abrazo

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  2. Como si morir fuese lo peor que le puede pasar a uno... Y siendo peor el castigo, no creo que deje de ser ajeno al que no lo sufre (aunque quisieramos que no fuese así)... o todo lo contrario en el caso de nuestra memoria, esto último nos educa pero no hay equilibrio, no hay alegría.

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  3. Comparto con Frestón: nada es suficiente, nada repara. La deuda es infinita y, por lo tanto, impagable.
    No obstante, sé qué tan triste y humillante puede ser agonizar de la forma que él lo hizo. Y eso, sumado al asco que habrá despertado en su cría (porque estas cosas no pueden construir familia), me devuelve, levemente, la sensación de que la agujita se movió -aunque sea un micrón- hacia el lado del equilibrio universal. Supongo que eso explica por qué el lunes a la noche nada ni nadie podía borrarme la cara de feliz cumpleaños.
    Y claro, la Alegría es otra cosa.

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