lunes, 8 de noviembre de 2010

Las Ranas del verano - I


(Un cuento en dos partes)
Con ilustraciones de Soledad Lavagna


Los veranos, que para las personas grandes pueden parecer cortos, para un niño de ocho años son una eternidad, toda una vida  - que se termina de repente, cuando los padres anuncian que es hora de ir a comprar los útiles para la escuela que está por comenzar.  Así era, al menos, para Morrón, un niño brillante aunque algo tímido que pasaba sus veranos en casa de su abuela, lejos de acá pero a sólo cuatro cuadras del mar.  Morrón tenía mucho pelo, siempre revuelto; también tenía muchas ideas, y siempre llevaba alguna frutilla en las piernas, producto de su irrefrenable curiosidad. 
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En los veranos, el pueblo era de ellos: de Morrón, y de sus dos amigos veraniles, Alcaucil y Lemongrás (sí, en la tierra de Morrón, todxs lxs niñxs llevaban nombres de productos de la naturaleza).  Un mediodía, mientras su abuela (y todas las abuelas del pueblo, y de otros pueblos, y de otros tiempos) dormía la siesta, Morrón se encontró con sus amigos y juntos emprendieron una soleada caminata al borde del río.  Era de esos días en que de la tierra sale el calor, y torna borrosa la distancia.  

Los niños encontraron en el río que alimentaba el mar flores azules, mariposas naranjas y – escondidas, algo temblorosas - unas pequeñas ranitas con rayas rojas y pintitas amarillas.  Nunca habían visto una cosa semejante: sí ranas verdes con marrón, otras marrones con negro, a veces unas medio azuladas, pero nunca en la vida ranas con rayas rojas y pintitas amarillas (muchas pintitas).
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Los tres amigos lograron capturar algunas de entre las más pequeñas, y las guardaron en la mochila de Lemongrás (mochila que, aunque algo viejita, cargaba la envidia silenciosa de sus dos compañeros), previamente empapada en agua, imaginando que así los animales se sentirían más a gusto.
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Llegados al patio de la casa de Morrón, pasaron las ranas a un gran frasco y se sentaron alrededor del botín, discutiendo qué hacer con él.  El calor, que seguía agobiándolos, no les impidió producir una catarata de ideas de todo tipo acerca del destino de sus presas: que carreras con apuestas, que platos suculentos, que vivisección, que chascos para asustar a las chicas más lindas del pueblo, o simplemente guardarlas como mascotas, con correa y todo.  

Finalmente, los niños optaron por llevar el frasco a la plaza central, buscar algún lugar altamente transitado y venderlas a paisanos y turistas.  El precio fue largamente debatido, hasta que llegaron a una compleja fórmula que incluía una comparación con el valor de diversas golosinas, un cálculo de necesidades básicas (gaseosas, helados y figuritas) que saldarían con las ganancias, y una división equitativa entre los tres*. 

-CONTINUARÁ-

(*)Lemongrás no se privó de un fugaz intento por llevarse un porcentaje mayor, por haber sido quien posibilitara el transporte con su húmeda mochila.  Sin embargo, ante la hostilidad de sus compañeros prefirió abandonar la idea rápidamente.
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3 comentarios:

  1. Quiero la otra parte!!!!!!!

    Dra(g) C.

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  2. Clap clap clap. Genial!!! Queremos la segunda parte!!!! No puedo dejar de imaginarme Las Heras como escenario de la historia y el estanque como el de tu casa.
    Hermosas las ranas!!!
    Solxie

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