viernes, 12 de noviembre de 2010

Las Ranas del verano - II

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(Segunda Parte)
Con ilustraciones de Soledad Lavagna

Los pequeños emprendedores salieron rumbo a la plaza y buscaron un lugar central pero sombreado. 
Seamisuperyo Ranas Soledad Lavagna
Mientras sus amigos dibujaban un cartel anunciando el notable producto, Morrón se debatía internamente entre su afamada creatividad y su cargo de conciencia: no le parecía apropiado mentir a compradores desprevenidos, pero tampoco podía evitar producir un manantial de historias mágicas, milagrosas o mitológicas que alimentarían la curiosidad de los transeúntes y los convencerían de que estaban ante una oportunidad innegable.

La gente comenzó a acercarse, y poco a poco el negocio empezó a prosperar.  Afortunadamente, tras saldar su transacción los clientes se retiraban, evitando así escuchar la historia que se  contaba a quienes les seguían, que indefectiblemente era otra diferente (a veces mejor, a veces peor).  Los niños se completaban mutuamente las frases y los relatos, llegando a resultados a veces disparatados pero siempre convincentes.

Quizás fue el carisma de los jóvenes comerciantes, tal vez el aburrimiento de los transeúntes, o quizás las ranas realmente tenían magia – sea como fuere, lograron vender casi todas sus resbalosas presas, y tras un par de horas ya quedaban pocas mientras los niños contaban el dinero de la caja (que hasta ese día había trabajado como costurero de la abuela de Morrón). 
   

El proceso no fue sencillo, ya que con el transcurrir del verano lo aprendido en clases se olvidaba, y tuvieron que aunar esfuerzos para poder hacer las cuentas como correspondía.  Mientras Morrón y Lemongrás discutían si el billete de veinte y el de diez hacían treinta o cuarenta, Alcaucil vio con temor cómo se acercaban los temidos vecinos de la otra calle: niños más grandes, más fuertes y más ambiciosos que ellos (pero esa tarde, sin ranas).  Intentó vanamente advertir a sus compañeros, y para cuando se dieron cuenta aquellos estaban parados al lado del puesto improvisado, observando atentamente tanto los billetes como los extraños animales.

La banda primero pidió y luego exigió que se les entregara el botín, para poder continuar con el (expropiado) negocio, del otro lado de la plaza.  Los tres pequeños ni necesitaron mirarse para concordar en que el atropello era inaceptable.  Uno de ellos guardó rápidamente el dinero en su bolsillo, y otro tomó el frasco entre sus delgados brazos mientras el tercero se abalanzaba sobre la mochila de su amigo.  Sus atacantes no estaban dispuestos a cambiar de idea, y comenzaron a forcejear hasta que pudieron apropiarse de la caja y el frasco.


Morrón, Alcaucil y Lemongrás, aplastados contra los calurosos adoquines veraniegos, no pudieron sino mirar de costado cómo los agresores se alejaban caminando con lo que no les pertenecía, y en el fondo esperaban que las ranas fueran venenosas, y atacaran fatalmente a cada uno – porque obviamente ellas se daban cuenta de que los chicos de la otra calle eran malos, y ellos no. 

*FIN* 
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2 comentarios:

  1. què bello cuento e ilustraciones!
    quiero ver muchos más!

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  2. Mmm, qué lindo! y coincido con anónimo anterior: qué hermosas ilustraciones, tambien me gusta la flor que forman los huecos del texto al principio... y tambien quiero leer muchos más!

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Mis superyoes dicen