miércoles, 7 de marzo de 2012

Irremplazable hogar


Sí, claro que a veces lo pienso.  ¿Existirá alguien, en algún país, que no lo haya pensado alguna vez?  

Que unx no pertenece, que el país se está volviendo loco, que quizás deberíamos estar en un lugar donde no nos hagamos tanta mala sangre, donde haya más gente que tire para el mismo lado que unx, donde no tengamos que ver frente a nuestras narices cómo las cosas que valoramos, una por una, se van deshaciendo.

Pero cada tanto todos esos sentimientos se borran, y nos enamoramos de nuevo.  Son esos momentos en los que, sin buscarlo, nos encontramos con una escena, una pequeña situación, gesto o palabra que nos hace entender, nuevamente, que no hay lugar como el nuestro.  Que hay ciertas pequeñas cosas que lo hacen irremplazable.  Y que por más que nos fuéramos a otro lado, extrañaríamos tanto que sería aún más angustiante que todos esos raptos de fobia juntos.

Hace unos días, en el recital de Morrissey en GEBA, tuve un tal momento.
Sonaba esta canción (importante escucharla para transportarse al momento).
Este predio tiene la pintoresca particularidad de que el tren pasa a cada lado del campo, sumándose al espectáculo cual escenografía coreografiada.  
Y anoche los conductores del tren, cada vez que pasaban, bajaban la velocidad del tren hasta su mínimo andar, volcando sus ventanas como ojitos iluminados al campo y al escenario.  Desde el primer vagón, hasta el último.  Recién una vez que todos y cada uno de los vagones había podido disfrutar del espectáculo, el tren retomaba su velocidad habitual.  Así, los anónimos conductores regalaban una y otra vez a sus pasajeros, al final de tantos largos días, un poco de música para refrescar el alma. 

Y sí, en medio del caos, el desquicie general y la violencia del siglo veintiuno, nosotros, acá, tenemos esto. 


.

martes, 6 de marzo de 2012

La inteligencia aplicada al bien


La Inteligencia Aplicada al Bien es:

un táper con rallador incorporado, o viceversa.


***

La Inteligencia Aplicada al Bien es una nueva sección de Seamisuperyo, en la que se compilarán distintos casos de inventos, descubrimientos o recursos que hacen la vida más fácil para el humano de a pie.  Se aceptan contribuciones.

jueves, 1 de marzo de 2012

Planes de vida




Un amigo me dijo que quería ser camionero y le dije que yo también.  Me dijo que quería ser maquinista de tren y pensé, yo también.  Que de grande le gustaría tener un vivero, y yo también.
Entonces digo: tengo este problema. Que cuando visito un lugar, voy a algún evento o escucho alguna historia (incluyendo, claro, películas y documentales), quiero hacer eso.
Voy al Colón y quisiera aprender a cantar ópera o a bailar ballet.
Voy a un recital en un barcito y quisiera aprender a tocar algún instrumento.
Voy a una galería o museo y quisiera dedicar algún tiempo a las artes plásticas.
Hasta acá, todo parece bastante plausible.  Se trata de actividades que pueden -también- tomarse como un pasatiempo, como una distracción o como un lento aprendizaje en vacaciones y fines de semana. 

El problema es que...
Voy a un pueblo pesquero y quiero eso, salir de madrugada a trabajar en uno de esos barquitos de colores.
Voy a una ciudad o un pueblo que no conocía, me enamoro del lugar y quiero quedarme a vivir ahí.
Paso algunos días en el campo, y siento un irrefrenable deseo de abandonar todo y dedicarme a cultivar hierbas aromáticas en alguna chacrita perdida en las sierras cordobesas.

Pienso, sí, que sería bueno tener un trabajo de esos donde se viaja mucho, ya sea para conocer parajes desconocidos de nuestro país o para visitar las grandes ciudades del mundo.   

También imagino que sería bueno tener una casita, muchas plantas y una hamaca paraguaya desde la cual contemplar el atardecer.  Pienso que, como dice mi amigo, sería bueno tener un vivero.  O un barcito en una esquina de barrio.  O una casa de té en las sierras.  O una casa rodante. 

Pienso que una vida no es suficiente para hacer todo lo que nos gustaría hacer.  Así, le prendo una vela a algún santo para que me permita reencarnar.  Habrá que ver, después, por dónde empiezo.